Redacción Por Nayely Martínez
El pasado 10 de enero, Fernando Marlo, cantautor de música folk, compartió escenario con Iván García en tierras chilangas, eligiendo Casa California para presentar su nuevo EP, Una más para el camino.

Para Fernando Marlo es importante que sus EP tengan una línea argumentativa, es decir, una congruencia entre la letra, los arreglos musicales e incluso la propuesta visual; sin embargo, dicho argumento no lo hace explícito para el público. Esto me recuerda a la sensación que genera ver una película de cine de arte, donde el director o la directora te brindan la oportunidad de tejer tu propia interpretación y, en algunos casos, incluso de inventar el final.
En este breve texto, compartiré mi interpretación respecto al argumento del EP. Quienes hemos escuchado a Fernando Marlo coincidimos en que su música es melancólica y, aunque este EP no es la excepción, va más allá de ser “un conjunto de canciones tristes”.
“Bella Mujer” está inspirada en la historia de amor de su mamá y su papá. En los últimos dos conciertos realizados en la Ciudad de México, ha abierto con esa canción, permitiéndonos explorar la experiencia del amor de pareja en el momento en que empiezas a enamorarte y te permites conectar.
Para él, es su única canción de amor; sin embargo, desde mi perspectiva, en este EP el cantautor nos hace una invitación a recorrer las múltiples formas en que se vive la experiencia amorosa porque no sólo hace referencia al amor hacia la pareja con “Bella Mujer”, sino también el amor en la familia, las amistades, el territorio y los proyectos comunitarios.
“¿Dónde estás mamá?” y “Morí en silencio” reflejan formas de amar vinculadas a la pérdida. Por un lado, nos comparte cómo se asimila la muerte de una persona que amamos y, por otro, nos da cuenta de lo que ocurre cuando los vínculos se terminan y tenemos que aprender a cerrarlos.
En el caso de la muerte, particularmente la de su mamá, nos muestra que se trata de un proceso en el que necesitamos un momento de introspección para transformar todo lo que sentimos en una nueva forma de amar desde la ausencia, de recordar todo lo bonito “y lo que no también”. Mientras tanto, “Morí en silencio” nos invita a aceptar que las relaciones terminan y que las personas continúan con su propio proyecto de vida. En ambos casos, estas pérdidas nos confrontan con la necesidad de aprender a despedirnos.
Desde esta misma lógica de la pérdida, pero ahora llevada al plano colectivo, “Canción a un migrante” nos habla del amor hacia el territorio en un contexto de desplazamiento forzado. La frase: “buscar bajo un cielo gris lo que me negaron en mi país” refleja la experiencia de quienes migran, lo que implica dejar su comunidad y la tierra en la que nacieron, así como, cuestionar las múltiples formas de violencia durante el tránsito y la llegada -de quienes lo logran-, pues nadie tiene asegurado que sus condiciones de vida mejoren.
En una conversación, Fernando Marlo me compartió que su canción estaba siendo escuchada en ¡14 países!, lo cual deja ver que la experiencia migrante forma parte de una experiencia profundamente colectiva. Desde ahí, resulta fundamental cuestionar cómo el ascenso de la ultraderecha se ha sostenido en discursos de odio hacia las personas migrantes -y otros grupos, por cierto-, al mismo tiempo que reproduce y actualiza estructuras de poder que responden a intereses económicos y políticos propios, y entre cuyas múltiples consecuencias se encuentra el desplazamiento.
Ligado a lo anterior, “No me gusta quien soy”, desde mi interpretación, se articula con “Canción a un migrante” porque refleja los impactos de ese mismo proyecto económico y político a nivel singular. En ella se muestra cómo terminamos por interiorizar las desigualdades sociales y creer que la falta de una vida digna es resultado de nuestra capacidad o de nuestra voluntad. Esto se condensa en la frase “no me gusta la mierda que soy ni en lo que me he convertido, pagándole un trago al amor y escribiendo al olvido”, donde un problema social termina por leerse como un problema individual.
Finalmente, y como un giro de la experiencia amorosa hacia la posibilidad de transformación, “Un abrazo de aguamiel” surge de un proyecto educativo en el estado de Hidalgo. Esta canción es mi favorita del EP, ya que da cuenta del amor como proyecto político, es decir, de una forma de amor que moviliza y construye utopías a través de iniciativas comunitarias que invitan a apropiarse y transmitir, de generación en generación, los saberes ancestrales para el cultivo del maguey y la elaboración de una bebida tradicional como el pulque. Asimismo, propone mantener viva en la memoria colectiva a quienes nos heredaron ideas y acciones, como es el caso de Basilio Pérez y Arturo Gómez, al transmitir el compromiso de respetar a la madre tierra y de pensar en colectivo, a través de la escuelita campesina.
Así, cierra Fernando Marlo su presentación en Casa California, mostrando las múltiples formas de la experiencia amorosa.
Del mismo modo, me parece importante señalar que ver la presentación en vivo fue también la expresión de un proyecto de música independiente que apuesta por la comunidad. Esto se hizo evidente, por ejemplo, cuando Bluez Marentes abrió el escenario diciendo que la habían invitado porque, entre músicos independientes regios, se apoyan.
Pero también fue una apuesta por una experiencia sonora en colectividad, algo que se refleja con claridad en este proyecto musical al reunir en el escenario a Aldo Fragoso en la batería, Javier González en el bajo, Abigail Rodríguez en el violín, así como a Efraín de la Rocha y Karina Niño de Los Niño Van, además de la propia Bluez Marentes y de Iván García.

En ese mismo sentido, el amor se vuelve un proyecto porque no sólo son sentimientos, sino se vincula a las acciones, de manera que, existen múltiples formas de tejer relaciones, de construir lenguajes compartidos, de volvernos cómplices y, llegado el momento, de dejarnos ir.
En ese recorrido, Fernando Marlo nos recuerda que cuando estamos felices hay que permitirnos disfrutar esa felicidad y, cuando nos tenemos que despedir, darnos el tiempo de nombrarlo y aprender a amar, incluso, desde la ausencia.