¿Se puede alcanzar una economía creativa en Ensenada? Reflexiones desde la música independiente

Por Iván Gutiérrez

El arte, ese motor del corazón, alimento del alma, fortaleza de nuestra dignidad y defensa de nuestra humanidad en tiempos donde el fascismo global propicia la violencia, el odio y la falta de empatía con el otro. Muchos vivimos por y para el arte, pero a pesar de amar lo que hacemos, sabemos que dedicarnos a las variantes de esta disciplina muchas veces conlleva vivir en precariedad o carecer de oportunidades económicas para seguir desarrollando estas actividades. Así, terminamos por trabajar en algo más para poder mantener nuestra pasión artística, lo que nos lleva a rutinas agobiantes donde apenas queda tiempo libre para el descanso. 

“Hay mucho talento, pero falta mucho desarrollo”, comentaba Hermann Neudert en un Taller de Producción de Videos Musicales en Hermosillo hace unos meses, al referirse a la escena musical y audiovisual del noroeste del país. Quienes nos desenvolvemos en estas áreas creativas sabemos que la “industria” norteña ha crecido en los últimos años, pero sigue distando mucho de los niveles de otros centros metropolitanos nacionales —sobre todo de Ciudad de México, donde lamentablemente se sigue centralizando gran parte de esta actividad. 

Sin embargo, también es verdad que ciudades norteñas como Ensenada se han posicionado a nivel nacional como “capitales” de otras actividades como el vino, la gastronomía y la cerveza artesanal. ¿Se puede aspirar a que el arte también llegue a esas latitudes? A mi parecer, es posible, pero no es tarea fácil. 

“Vivir”, videoclip del proyecto de indiefolk Cowboy Mike, residente en Ensenada

Abordando el tema de la música independiente, solemos usar el término “escena” para referirnos al ecosistema musical local o regional. A lo largo de dos décadas he podido constatar como la “escena” porteña ha crecido: lento pero seguro. De pasar a realizar “toquines” autogestionados en patios y cocheras de las colonias periféricas, ahora se cuenta con múltiples espacios en el centro de la ciudad (bares, cervecerías y venues) donde la música original puede compartirse y ser escuchada por la comunidad. Además, bandas independientes que llevan años trabajando en su música hoy tienen un sonido sólido, fuerte y auténtico, y mucha experiencia autogestiva detrás. 

La “escena” local ha madurado tanto que a la ciudad cada vez llegan más proyectos nacionales (e internacionales) que hace años hubiera sido impensable tener en el puerto: ya hay un público “alternativo” que aprecia y recibe con gusto estas propuestas, y foros y promotores que apuestan por traerlas al puerto. Sin embargo, todavía nos queda un largo camino por recorrer. 

Násmar, proyecto indie originario de Tijuana

Si bien el tema tiene múltiples aristas y es mucho más complejo que lo que puedo compartir en este texto, propongo enfocarnos en la SINERGIA entre público, empresas y músicos locales. Un par de tareas para ello son las siguientes. Por el lado de los músicos, debemos esforzarnos por crear música auténtica y de alto valor, que destaque no solo a nivel local sino estatal y hasta nacional; eso han hecho chefs y cerveceros locales y ahí tenemos el resultado. Hay que hacer música que conecte, que resuene tanto con el público local pero sin olvidar las influencias externas, dando como resultado una propuesta única (lo verdaderamente local es irrepetible a pesar de la globalización) que la hace auténtica, y a la vez extiende un puente con públicos nacionales e internacionales. 

Por el lado de las empresas (por ejemplo, las cervecerías), hay que saber identificar y valorar el aporte simbólico que todo acto de música en vivo representa: movimiento de energía, de emociones, de ideas y de experiencias significativas, lo que se traduce en un consumidor feliz que, de gustarle el producto local, seguramente querrá volver al establecimiento. Cuando los negocios locales abren sus puertas a los músicos independientes de la comunidad, fortalecen la identidad cultural: la conexión de experiencias que se viven en los conciertos llevan a que la comunidad aprecie tanto a los artistas como a los espacios locales donde estos se presentan, porque ambos pasan a formar parte de su historia personal. 

Finalmente, por el lado del público, debemos aprender a valorar el TRABAJO que hay detrás de las obras originales: no molestarnos al pagar por escuchar música, en vivo y de calidad, de nuestros artistas locales. Por el contrario, hay que recordar que la gran mayoría de músicos que admiramos han empezado presentándose a nivel local, desde Juan Gabriel y Carín León a Café Tacvba.   

Hay otros puntos en los que me encantaría profundizar más, por ejemplo, cómo trabajar la difusión de los proyectos musicales y su obra (a través de videoclips, fotos, creación escénica, obra plástica, danza, etc.) también propicia la economía circular y un ecosistema creativo más fuerte, pero eso queda para una entrega futura. 

Concluyo. No toda presentación musical tiene que convertirse en un producto de consumo, pero tampoco lo contrario: la música no puede ser gratuita siempre, porque ahí SE DEMERITA EL TRABAJO del artista y se le deja sin las posibilidades económicas que le permiten seguir creando. Cierro estas reflexiones reafirmando que, a mi parecer, una economía creativa en Ensenada no tiene por qué ser imposible: puede ser una realidad si se trabaja por ello en comunidad. ¡Valora y apoya a tus artistas y venues locales! 

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